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Siempre que gritamos (levemente, moderadamente, ocasionalmente, raramente, siempre) estamos dedicando un tipo de atención errónea al niño y también es un tipo de castigo que no funciona.

Los gritos no son un buen método no enseñan el comportamiento adecuado, más bien enseñan justo lo contrario.

Los gritos no educan al niño porqué:

  • Lo confunden
  • No le enseñan la conducta adecuada
  • Le dan a entender que la agresividad es el modo de resolver los conflictos
  • Le causa sentimientos de rabia y humillación
  • Lo bloquean
  • No le ofrecen alternativas de solución.

Las consecuencias de los gritos pueden:

  • Causar daños emocionales en los niños
  • Pérdida de autoestima, ya que se creen que son malos por haber hecho algo mal
  • Al vivir en un ambiente con recriminaciones constantes el niño aprenderá a pelearse por todo
  • Avergonzar al niño continuamente, lo estamos empujando hacia la timidez
  • Las críticas generan inseguridad y miedo
  • El estrés que se respira en este tipo de situaciones provocan que el niño esté irritable
  • Las persistentes recriminaciones suscitan culpabilidad.

Los gritos son la primera experiencia que tienen los niños con la violencia, y los niños aprenden a comportarse violentamente a través del ejemplo de sus adultos cercanos. Difícilmente podremos decirle a un niño “no grites” cuando se le está gritando.

 

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