Las últimas teorías psicológicas hablan de la Inteligencia Emocional como nuevo concepto, distinto a la inteligencia “de toda la vida”, la asociada al coeficiente intelectual, a los títulos universitarios y a las destrezas lógicas, numéricas o gráficas.
Estamos acostumbrados a que personas sin estudios cualificados triunfen en casi todo lo que se proponen. Y nos llama la atención que otras personas muy inteligentes (que entienden todo a la primera, incluso las ideas más complejas o que memorizan casi inmediatamente lo que a la mayoría les cuesta horrores) no progresen o no encuentren su sitio en lo profesional ni en lo personal.
Esto se debe a que hay personas que, si bien no brillan en lo estrictamente racional, son muy habilidosos, muy inteligentes en el manejo de sus emociones y sentimientos. Son, en esta área tan relacionada con nuestra calidad de vida, más creativos, eficaces y listos que un eminente genio matemático.
Sabemos que hay otra forma de ser inteligente: la del manejo de las emociones y sentimientos. Algunas personas saben afrontar las situaciones y salen airosas de problemas mientras otras fracasan y se hunden ante sencillos obstáculos.
Lograr nuestros objetivos también depende más de nuestra capacidad de vivir, de manejar los problemas y canalizar nuestras emociones, que del razonamiento abstracto o nuestra capacidad para resolver problemas intelectuales o matemáticos.
Nuestro entorno nos muestra personas que llevan su existencia (la idea que uno tiene de sí mismo, las relaciones de pareja, las amistades, el trabajo o la capacidad de ser un buen padre o madre) de manera admirable.
La inteligencia emocional nos permite tomar conciencia de nuestras emociones, comprender los sentimientos de los demás, tolerar las presiones y frustraciones de la vida cotidiana, desarrollar nuestra capacidad de trabajar en equipo y adoptar una actitud empática y social, que nos brindará más posibilidades de desarrollo personal y profesional.
Las emociones son impulsos para actuar, es decir, disposiciones para la acción. Estas tendencias biológicas que están moldeadas por nuestras experiencias pasadas y nuestra educación (la historia personal y la historia social)- guían nuestras decisiones, trabajando en colaboración con la mente racional y permitiendo –o imposibilitando- el mismo pensamiento.
Salovey, investigador de Yale, define la inteligencia emocional como “una parte de la inteligencia social, que concierne a la habilidad de comprender sentimientos propios y ajenos y de utilizarlos para nuestros pensamientos y acciones”. Y añade que una sociedad que no fomenta la inteligencia emocional crea individuos insatisfechos y no solidarios. A esto se le llama empatía que es la capacidad de darse cuenta de lo que sienten los demás (sin que nos lo digan). Esto exige el concurso de competencias emocionales, como la conciencia de uno mismo, manejo de la frustración, expresión de sentimientos y autocontrol entre otros.