La verdad es que no me percaté en que momento pasó, pero la tarde en que Andrés me pidió que le ayudara a remover su primera muda de dientes supe que algo en mi hogar había empezado a cambiar y en lo sucesivo no se revertiría.
A la mañana siguiente, mientras guardaba el par de billetes que “el ratón” había intercambiado por ese dientito bajo su almohada, y aun viendo a través de la ventana de su sonrisa, la euforia que le causo al despertar, el experimentar ese trueque descabellado con el mítico roedor mercader de marfil. Algo en mi intuía que en la casa, pronto dejaría de haber niños.
El tiempo pasa para todos y a pesar de lo grato que es ver a mis chavales crecer y desarrollarse, la idea de que las cosas no serán mas como solían ser, ciertamente que resulta inquietante.
Recuerdo que una vez alguien me dijo: “ Disfruta a tus niños ahora que están pequeños y les agrada estar cerca de ti ”.
Pero como carajos los vamos a disfrutar ! , si los rapazuelos caciques antes de crecer nos hacen cansar, desvelar, preocupar, sufrir, enojar, sacrificar, gastar, desesperar, y esporádicamente hasta pensar…
Los que al igual tienen hijos o sobrinos, dense un rato de vez en vez para observarlos y sentirlos pero de manera especial, no como lo hacemos cotidianamente, pues en un futuro, de lo peor que nos puede pasar es no habernos dado la dicha de perpetuar aun que sea en la memoria, (como dijo Joan Manuel) a esos locos bajitos.


