En la década del sesenta, en la Universidad de Stanford se realizó una investigación con preescolares de cuatro años de edad, a los que planteaba un sencillo dilema:
"Ahora debo marcharme y regresaré dentro de veinte minutos. Si quieres, puedes comerte este bombón, pero si esperas a que yo vuelva, te daré dos."
Aquel dilema resultó ser un auténtico desafío para los niños de esa edad. Se planteaba en ellos un fuerte debate interior: la lucha entre el impulso por comer el bobón y el deseo de contenerse para lograr más adelante un objetivo mayor.
Era una lucha entre el deseo primario y el autocontrol, entre la gratificación y su demora. Una lucha de indudable trascendencia en la vida de cualquier persona, pues no puede olvidarse que tal vez no exista habilidad emocional más esencial que la capacidad de resistir el impulso ejercitando la voluntad. Este es el fundamento de cualquier tipo de autocontrol emocional, puesto que toda emoción supone un deseo de actuar y es evidente que no siempre ese deseo será "oportuno".
Se efectuó un seguimiento de esos mismos niños durante más de quince años...
En la primera prueba, se comprobó que aproximadamente la mitad de esos pequeños de cuatro años de edad fueron capaces de esperar los veinte minutos (que seguramente les pareció una eternidad). Los otros, más impulsivos, se abalanzaron sobre el bombón a los pocos segundos de quedarse solos en la habitación.
Además de comprobar lo diferente que era entre unos y otros la capacidad de demorar la gratificación y, por lo tanto, el autocontrol emocional, una de las cosas que más llamó la atención al equipo de experimentadores fue el modo en que aquellos niños soportaron la espera: volverse para no ver la golosina, cantar o jugar para entretenerse, o incluso intentar dormirse.
Pero lo más sorprendente vino unos cuantos años después, cuando pudieron comprobar que la mayor parte de quienes en su infancia habían logrado resistir aquella espera, luego en su adolescencia eran notablemente más seguros, emprendedores, equilibrados y sociables.
Aquel estudio comparativo revelaba que - en términos de conjunto - los niños que en su momento superaron la prueba de la golosina fueron luego (diez o doce años después) personas mucho menos proclives a desmoralizarse, más resistentes a la frustración y más decididos y constantes en sus objetivos a mediano y largo plazo.
La capacidad de controlar los impulsos y demorar la gratificación, aprendida con naturalidad desde la primera infancia, constituye una facultad fundamental, para el manejo de la frustración, para el ejercicio de la voluntad.
La capacidad de resistir los impulsos, demorando una gratificación para alcanzar una meta a mediano o largo plazo constituye una parte esencial del gobierno de uno mismo. Y todo lo que pueda hacerse por estimular esa capacidad será de una gran trascendencia para la vida de nuestros hijos.
¿ Están nuestros hijos preparados para este ejercicio?


