Resiliencia es la capacidad humana de sobreponerse a los riesgos de la existencia y no sólo superarlos, sino desarrollar el potencial personal al máximo; es resultado de una armonía entre la personalidad y los factores de riesgo y de protección.
La persona puede «estar» más que «ser» resiliente.
La resiliencia apela a la capacidad de recuperarse, sobreponerse y adaptarse con éxito frente a la adversidad y a desarrollar competencia social, académica y profesional pese a estar expuesto a acontecimientos desfavorables, a grave estrés o simplemente a las tensiones inherentes del mundo de hoy.
En la actualidad toda persona requiere desarrollar la resiliencia.
Adquirir resiliencia es un proceso vital: toda persona requiere superar episodios adversos para ser feliz y evitar quedar marcado. La resiliencia coincide con la pedagogía al mostrarse como una ciencia que enseña a vivir bien y a aceptar el sufrimiento que conlleva existir.
La resiliencia humana no se limita a resistir, implica también la reconstrucción. La resiliencia se concibe como un resorte moral y constituye una cualidad en la que el individuo no se desanima y se supera a pesar de la adversidad. Por ello, refiere menos a la susceptibilidad ante el daño y más a la capacidad de sobreponerse a las experiencias.
FACTORES DE MAYOR RIESGO
Familiares:
Situación perturbada por trastornos psicológicos, o conductas de adicción de los padres, muerte de uno o ambos, ausencia del padre o la madre, discordia familiar crónica, apatía, violencia o abandono físico o emocional.
Sociales y ambientales:
Desempleo de los padres, pobreza, situación socioeconómica mediocre, ambiente educativo (bulling o bulla) o ambiente de trabajo sumamente estresado.
Salud:
Problemas crónicos propios o de algún miembro del entorno íntimo.
Vitales:
Amenazas como la guerra, catástrofes naturales o traslados forzosos.
FACTORES DE PROTECCIÓN
Recursos internos:
coeficiente intelectual elevado,
buena capacidad para resolver y planificar,
uso de estrategias de resistencia,
sensación de eficacia personal,
comprensión de sí mismo,
autocontrol,
inteligencia emocional (alta autoestima, empatía, apego, manejo de la frustración y capacidad de buscar ayuda),
temperamento fácil,
uso adecuado de mecanismos de defensa (escisión, negación, intelectualización, creatividad, sentido del humor).
Facilitadores familiares:
Buena relación al menos con uno de los padres o con algún familiar próximo, padres competentes, buena educación, apoyo del cónyuge.
Facilitadores ambientales:
Buen apoyo escolar y social, verdaderos tutores de resiliencia, participación en actividades religiosas, culturales, asociativas y humanitarias.
Los niños resilientes muestran autonomía, autoestima y orientación social positiva como rasgos de carácter. Suelen tener un temperamento fácil, activo y afectuoso que les permite sobreponerse, crecer y desarrollarse a pesar de la adversidad.
La semana entrante hablaremos sobre La Escuela y el manejo de la resiliencia